Historia

por Esther López Barceló

Introducción

El Campo de Concentración de Albatera fue uno de los más duros que hubo en España al final de la Guerra Civil. Se instaló en lo que fue un antiguo Campo de Trabajo de la República nada más terminar la Guerra, en pleno ardor de venganza y represión por parte de las tropas franquistas.

El Campo de Trabajo de la República

El campo de concentración de Albatera fue la reutilización que los vencedores hicieron del Campo de Trabajo que los republicanos habían concebido en plena guerra, como medida para los desafectos al régimen democrático: obra de dignificación social, sería la definición que de ellos haría el Servicio de información de la Subsecretaría de Propaganda, en un artículo publicado en el diario El Luchador, el 16 de octubre de 1937: van llegando a Albatera los primeros grupos de presos políticos destinados a este Campo de Trabajo, que dentro de poco será oficialmente inaugurado. Prosigue el texto con una justificación moral hacia esta variación penitenciaria: el fundamento moral que inspiró la creación de estos campos para penados (es) la de incorporar a la vida de trabajo, a los que hasta ahora habían vivido la existencia parasitaria de verdaderos convidados sociales. Así, los adjetivos y metáforas propios del estilo redactor de la época continúan exaltando la generosidad de la República para con sus traidores, al sacarlos de las prisiones para que puedan incorporarse a la vida activa, de manera que cuando consiguieran la libertad puedan hacerlo con los honores de hombre moderno, que gana su existencia con la cooperación de su labor a la obra nacional.

Según la Memoria Anual Reglamentaria del Campo de Trabajo del Segura (Sección de Albatera) que se elaboraba desde la inspección gubernativa, y cuya entrada al registro general del Ministerio de Justicia se fecha en el 21 de marzo de 1938, podemos destacar que se constatan las obras de construcción de barracones en los que se estima la habitabilidad de unas dos mil personas. Entre los diversos apartados que constan en el informe, encontramos uno dedicado al tipo de trabajo que realizaban los presos, siendo éste, fundamentalmente, el de las labores agrícolas. No podemos saber con seguridad la realidad de estas afirmaciones así como tampoco la realidad de las condiciones de trabajo, aunque según afirman se designa el trabajo de cada penado, según su edad, conocimientos específicos y cualidad física.

Hay que enfatizar que el hecho de que esta descripción no se debe a un deseo de realizar comparaciones, ya que se trata de dos realidades que no obedecen a las mismas necesidades ni a los mismo objetivos. Pero hay que destacar con ello, la idea de que los sublevados, a pesar de utilizar este asentamiento, no reutilizaron las instalaciones creadas por los republicanos, sino que se limitaron a aprovechar el cerco de alambre y alguna estructura habitacional para los dirigentes de aquel lugar.

El Campo de Concentración Franquista

La Hoja Oficial de Alicante (28/IV/1939) cifraba en seis mil ochocientos a la población reclusa en Albatera; mientras que la memoria anual de 1938 hablaba de la posibilidad de albergar a dos mil personas. Obviamente, la última fuente estima esa cifra respecto a las estructuras habitacionales; sin embargo, los presos de 1939 se instalaron en el terreno que circundaba los barracones. Entre los testimonios, las cifras oscilan llegando incluso a hablarse de 20.000 ó 30.000

En cuanto a la alimentación, se trataba de un menú que ninguno de los supervivientes a conseguido olvidar: pan y sardina. Con el paso del tiempo y con un número de presos sensiblemente disminuido, el racionamiento evoluciona de las sardinas y el pan a un plato de caldo de lentejas.

Aunque este plato ya había sido común para algunos presos en el Campo de los Almendros, no menos denigrante resulta el hecho del estado de las letrinas. A pesar de que entre las instalaciones republicanas hay constatación de la existencia de servicios, nunca éstos fueron utilizados por los reclusos que, durante los primeros días, realizaban sus necesidades en cualquier parte. Para resolver el problema que había provocado la alarma en la dirección, mandaron abrir zanjas en el terreno a modo de letrinas. Éstas se situaban justo debajo de las alambradas, con lo que conllevaba otras consecuencias indirectas el acercarse a ellas, ya que según nos indica un superviviente, a cada preso le pertenecía un número y un grupo. Así pues, como medida antifuga se dictaminó que se fusilaría al número anterior y posterior que correspondiera con respecto al del fugado. Así, se conformaba una red de vigilancia interior con toda la fuerza que esa dominación psicológica y de enfrentamiento entre los reclusos conllevaba para los vencedores.

Además de estos asesinatos, también se cometían otros merced a las conocidas como sacas de los falangistas o ruedas. Tanto en este lugar, como en otros centros de similares características, era un hecho habitual el que grupos de falangistas y caciques venidos de diferentes lugares viajaran a estos campos en busca de enemigos políticos paisanos que habían sido reclamados y de los que, una vez encontrados, ya no quedaba ni rastro.

Sobre las formas en que encontraron la salida estos supervivientes, podríamos escribir largo y tendido, ya que se debieron a causas muy heterogéneas: desde el traslado por enfermedad, pasando por el traslado a prisión; hasta la fuga, tras una ambigua medida burocrática ejercida desde el campo, mediante la cual dejaban a salir a los presos con la condición de que se presentaran ante el alcalde de su ciudad.

Los centros penitenciarios fueron el siguiente destino de los reclusos republicanos que sobrevivieron al campo de concentración de Albatera, que no de exterminio, a pesar de que así ha sido denominado por muchos autores; ya que no era el objeto de estos campos el del exterminio -a pesar de que se diese lugar a ello, en determinados momentos, en función de la criminalidad de los individuos o de la llegada de grupos falangistas- sino el de la humillación, el uso de la fuerza de trabajo y la represión de la moral. El concepto de exterminio se refiere al asesinato masivo, como bien sería aplicable a campos nazis, pero no a este elemento concreto del franquismo.

Localización del campo

El antiguo campo de concentración de Albatera se encuentra, en la actualidad, en la circunscripción de San Isidro, pueblo de fundación ex novo proyectado por el régimen franquista durante la década de los 50. No obstante, existe una gran cercanía entre ambas localidades y aún hoy se puede distinguir la distancia relativa que existiría entre el propio centro concentracionario y Albatera en los momentos de funcionamiento del campo, siendo ésta de una envergadura lo suficientemente grande como para mantener un margen de invisibilidad entre ambos, pero también lo suficientemente corta como para producirse la estigmatización de Albatera en su condición de albergadora del terror.

La ubicación del campo se halla inmersa en el paisaje agrícola y, sin embargo, desértico de la huerta de San Isidro a unos 450 metros de la estación del tren. Siendo éstas, prácticamente, las mismas referencias geográficas que utilizaríamos para describir la localización del campo cuando aún este se encontraba en funcionamiento.

En la actualidad, como decíamos, la estación de ferrocarril mantiene su antigua ubicación, por lo que el camino y paisaje situado entre ésta y el campo deben ser similares a los que se encontrarían los prisioneros en 1939 a su llegada, conservando el lugar un gran número de palmeras, tales como las que recuerdan los supervivientes, entre ellos, Lluís Marcó Dachs en la reconstrucción que de su viaje plasmó en su libro autobiográfico “Llaurant la tristesa”.

Así, para llegar al campo hemos de comenzar el recorrido desde la estación ya citada anteriormente, introduciéndonos en los campos de cultivo a través de un camino de tierra. Este sendero nos separa del campo, como ya adelantábamos antes, unos 450 m., el cual podemos identificar y reconocer a partir de la única estructura habitacional que permanece in situ. Según un testimonio oral del hijo de un matrimonio que vivía próximo al campo, esta caseta era conocida como la cuina(cocina, en castellano).

La cuina del campo

Es paradójico el hecho de que el único testigo material que queda de este centro concentracionario sea el que, la memoria popular y colectiva circundante, reconoce como “la caseta de los guardias” o "cuina".  Ésta sigue en pie merced a los cuidados que el propietario de esas tierras le ha proporcionado con vistas a permitir su conservación, además de una apariencia que se aproxime a la imagen que, de la estructura, recuerda a los pocos años después del desmantelamiento definitivo del campo. Por ello, nuestro análisis se centra en la descripción formal de su interior, ya que ha sufrido menos alteraciones posteriores y nos permiten una mayor aproximación formal y funcional de la cuina.

Así, a pesar de que su aspecto exterior es el de una estructura de planta rectangular con techumbre a dos aguas, interiormente, presenta una planta circular con evidencias de lo que fue un banco corrido de 1m. de alzado. Por ello, nuestra hipótesis acerca de la funcionalidad de la cuina es la de reafirmar lo que el imaginario colectivo mantiene sobre ella, ya que los rasgos formales descritos anteriormente nos confirman su uso como rudimentario horno o lugar para aprovisionamiento y almacenaje alimenticio, si bien, su función pudo verse transformada a raíz del cambio de dirección ideológica del campo, no pudiendo en esta primera aproximación al tema asegurar una u otra posibilidad.

 

Desarrollo y diseño: Antonio Campos - 2015